miércoles, 17 de junio de 2009

Ella esperaba entre calles, aquella alma que la corrompía. Él apareció en la hora exacta en la que habían quedado, y la saludó con una sonrisa. Andaron, hasta llegar a la playa, y ella propuso sentarse en la arena. Así fue, como se sentaron en aquella playa del atardecer, dispuestos a negociar. Empezaron hablando de temas sin importancia, pero poco a poco la transcendencia de las palabras iba en aumento. Ella estaba dejándole el listón muy alto, para aquel chico tan indeciso, y realmente, cada segundo le resultaba más complicado no acercarse a su sonrisa. No dejaban de reír, y entre sonrisa y sonrisa se escondía una mirada dulce y tierna. Cuando pasó media hora, surgió el tema... Y sin darse cuenta, se quedaron a mil·limetros uno del otro. Ella no dudó en decirle, que porque no le daba la oportunidad. Él se la quedó mirando fijamente, y empezó a mover lentamente sus labios acercándolos más y más. El mismo instante en que se rozaron, surgió la chispa. Se besaron. Siguieron hablando de lo que había sucedido, y fueron a buscar algo de cenar, que traerse a la playa. Cenaron en la playa, entre carcajadas y besos. Y a la hora prevista, se despidieron con un gran beso. Aquel día ella había conseguido aquello por lo que tanto había luchado, él consiguió luchar contra si mismo.

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