miércoles, 3 de junio de 2009

Las cenizas quemadas caían cronometradas unas detrás de otras, desprendiéndose constantemente del cigarrillo. Lo sujetaba sus manos secas, amargas, o tal vez agridulces. Su mirada penetraba la mía y mi alma se desvanecía. Ciertamente no sabría decir si por carga de conciencia, por cariño, por traición, por pena o simplemente por odio. Yo me esforzaba en relatar lo poco que soportaba que me mirara así. Pero mi interior, reconocía en secreto, que yo aún guardaba el cariño que nos unió algún día. En el fondo echaba de menos charlar con ella, y eso me hacía odiarla más y más. Me había jodido bastante. Era practicamente imposible no sentir aquella rabia fluyendo en mí, pero lo más difícil aún, era cuando me planteaba si no era odio, sino cariño. Sus miradas ardían en mi interior, y no tenía nada que decirle al rencor.

(Uno de los textos que hice mientras no tenía Internet)

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