miércoles, 17 de junio de 2009

Los largos años que aquella alma perdida llevaba esperando un reencuentro habían perdido el sentido. Tenía 16 años, y gozaba de una vida común a las demás (o eso creía). Hacía ya tres años, que el amor de su vida había impactado en su forma de ser, y le había llevado a sentir felicidad, llantos, alegrías, decepciones, y una historia digna de ser contada. Todo transcurrió un verano, el del 2008, donde quizás ella había aprendido a vivir. El amor fue corto, pero el olvido interminable. Después de dos años, ella quizás ya no recordaba o había preferido no hacerlo, que el había sido tanto en su vida. Lo seguía viendo cada día, pero hacía largos meses que ya ni se cruzaban una palabra. La última vez que se habían hablado fue por una discusión sobre el café, el que paseaba por allí, intervino en la conversación que mantenía ella con sus amigas, y añadió que el café, no cambiaba de sabor aunque el tiempo quisiera hacerlo. Mentirse para ella era simple, pero aunque quisiera, de vía tener claro que en el fondo de su ser, aún había un rincón que perdía los estribos al verle. Pero al volverse algo monótono, dejo de darle importancia. A aquella vida le faltaba ilusión.
El 25 de Agosto, ella devió acordarse que habían pasado tres años desde que estaba con él. Se sentía confusa, porque aquel amor no le había dado de que pensar durante mucho tiempo. Salió con la idea en la cabeza de que seguía amándolo, y en una de esas casualidades que corrompen la realidad, apareció entre las calles, él. Se cruzaron, se miraron, y andaron hacía la misma dirección. Ella quería hablarle, ni que simplemente fuera saludarle, pero la voz se le acortaba. Se había olvidado de andar con los nervios, y a él parecía haberle dado un tic en las manos, que no paraba de metérselas en los bolsillos y sacarlas. Eran las 8, y ella acababa de dejar a su amiga en su portal, y se dirigía al autobús. Él, no se donde exactamente quería ir, pero justo cuando pasaba por delante de la estación de bus, se le acercó y le dijo un que tal, muy dulce. Se enzarzaron ha hablar, y sin saber porqué, cuando se vieron, ya estaban andando hacía la playa, y poco más, tumbados en la arena, mirando las estrellas. Aquella noche, ella no durmió en casa, durmió con él. Se sentían tan bien, que el amor les había adormecido con tanto sentimiento. Y pasaron una noche, realmente romántica. Se amaban. A la mañana siguiente, ni la luna, ni el cielo oscuro ni las estrellas seguían con ellos, pero lo peor no fue eso, lo peor fue que él tampoco seguía ahí. En una noche, le había cambiado la vida, pero no todo lo que ella se imaginaba. Fue a buscarle a casa, y no respondió nadie al timbre. Le llamo, le mando mensajes, cartas, y durante los siguientes años intentó saber de él. El mar solía abrazarle las noches que se sentía sola y melancólica, y los días, en compañía de sus amigas se fueron volviendo del mismo sabor aunque el tiempo quisiera cambiarlos, como el café.

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